| Editorial
Mucho se habla de los médicos, su corporativismo, su pérdida de sentimientos y su interés comercial exacerbado que hace que se nos tilde de “mercantilistas”. Algunas personas piensan que hemos perdido el alma y lo único que nos interesa es el dinero. Que nos olvidamos del juramento hipocrático y abandonamos los principios de aquel doctor que se jugaba la camiseta por sus pacientes.
En Eme Uno no hemos cambiado. Seguimos fieles a una consigna: darlo todo por nuestros pacientes. Darlo con alegría, con respeto, con profesionalidad, con destreza y con pasión. Pasamos día y noche tratando con todas nuestras fuerzas de que todo salga bien, hasta el mínimo detalle, que no falle nada, que siempre haya líneas telefónicas libres, que la telefonista no demore, que haya una ambulancia cerca disponible, que el médico esté capacitado, que el relacionamiento con el paciente sea el mejor, que todo, todo funcione bien, perfecto. Porque somos médicos por vocación, porque amamos lo que hacemos y nos esforzamos día a día por hacerlo mejor. Porque perseguimos la calidad y por eso tenemos un sistema de gestión certificado por las normas UNIT ISO 9001-2008, para dar garantías a nuestros socios que auditamos nuestras actuaciones, investigamos los errores, analizamos e implementamos acciones correctivas en un modelo de mejora continua que no acaba nunca, siempre se puede ser y hacer mejor. Todos los días del año, hora tras hora, con sol o con lluvia, con calor o con frío, en casas ricas y en casas pobres, en todos los barrios, acudimos a cientos de llamados arriesgando nuestras vidas por salvar la de otro ser humano. Muchos de esos llamados, después resulta que no hubieran sido necesarios, pero lo aceptamos porque es nuestro trabajo.
En algunos casos el paciente presenta un cuadro grave, incluso muy grave. En ellos nos entregamos por entero y hacemos hasta lo imposible: muchas veces podemos salvarlo, y eso nos pone contentos. Sentimos esa alegría íntima, y ese orgullo solo comparable a cuando se presencia el nacimiento de un hijo. Otras veces, sin embargo, no podemos hacer nada, y eso nos genera impotencia y rabia. Lloramos, sí, lloramos. Con ese llanto invisible del hombre que esconde las lágrimas por no parecer cobarde, pero que siente la frustración porque no alcanzó a pesar de haberlo dado todo. Pero no somos dioses ni queremos serlo; solo seres humanos a quienes la vida nos dio la maravillosa oportunidad de ayudar a otros. Ni dioses cuando lo logramos, ni culpables cuando no lo conseguimos. Siempre trabajando desde el anonimato, porque ese hombre o esa mujer a quien salvamos y vuelve a andar por la vida y a compartirla con su familia, ni siquiera sabe nuestro nombre.
Cuando logramos nuestro cometido, más allá de la satisfacción personal, en la soledad de nuestras guardias, aún sabiendo que es nuestra obligación ética profesional, nos ponemos a pensar que sería bueno que así como algunos nos critican y nos buscan el error, esos tantos otros a quienes curamos y nos quieren, nos hicieran saber su reconocimiento, tan solo un “gracias”. No lo pedimos, nos gustaría que fuera así, porque como tú, somos personas con alma. Pero igual, no lo esperamos, si sucede mejor, y si no, no importa, igual seguimos adelante, firmes y fieles en el camino de la excelencia. Porque a cada minuto hay otro ser humano a quien ayudar, y no podemos fallar. Sería bueno convivir en una sociedad donde la relación entre las personas fuera más amigable, donde todas las partes diéramos y recibiéramos, en un entorno de sinceridad, honestidad, y respeto por el otro. Estos son nuestros valores. Nos brindamos por entero. Nos importa mucho que todo salga bien. Estamos dispuestos a darte lo mejor. Así actuamos, dándonos a la vida. Somos Emergencia Uno. Contá con nosotros
Dr Juan Garat Director Técnico | ||


